“Cuando me dijeron que tenía cáncer, lo primero que pensé fue en mi pelo”: el testimonio de Cristina Elizalde

En el marco del Mes Rosa, dedicado a la concientización sobre el cáncer de mama, Cristina Elizalde compartió con AIRE LIBRE FM su experiencia tras atravesar la enfermedad. A los 71 años, recuerda el impacto del diagnóstico, los meses de quimioterapia, su tratamiento en Buenos Aires y la fortaleza que encontró para seguir adelante. Hoy se encuentra bien y su historia busca transmitir un mensaje sobre la importancia de los controles médicos, la detección temprana y el acompañamiento durante el tratamiento.

Hay noticias para las que nadie está preparado. Cristina Elizalde lo sabe bien. Aunque acostumbraba realizarse controles médicos, nunca imaginó que un dolor en el pecho terminaría llevándola a un diagnóstico de cáncer de mama.

 

Todo comenzó después de una caída que sufrió en su trabajo. A partir de ese episodio empezó a sentir molestias que inicialmente relacionó con un problema cardíaco. Consultó a distintos profesionales hasta que la ginecóloga Sonia Soto detectó un pequeño bulto durante un examen físico.

 

“Me palpó, me encontró el bultito y me dijo que había que extraerlo y analizarlo, hacer una biopsia para ver si era maligno o benigno”, recordó.

 

La caída fue el episodio que la llevó a consultar por el dolor, aunque es importante aclarar que los golpes no provocan cáncer de mama ni hacen que un tumor se vuelva maligno.

 

Cuando llegaron los resultados, Cristina recibió una noticia que cambiaría su vida.

 

“La doctora me dijo: ‘Mirá, Cris, es maligno’. Y yo le pregunté qué tenía que tomar, qué tenía que hacer. Pensé que me lo sacaban y listo”, relató.

 

Pero el tratamiento no terminaba con la cirugía. La médica le explicó que debía continuar con un especialista en oncología.

 

“Cuando me dijo que tenía que ver a un oncólogo, me cayó como un balde de agua fría. Yo pensaba que a mí nunca me iba a pasar una cosa de esas”, confesó.

 

El miedo al tratamiento y la fuerza para continuar

 

Uno de los recuerdos más intensos de aquel momento fue cuando escuchó por primera vez que tendría que recibir quimioterapia.

 

“Cuando me dijo quimio, lo primero que pensé fue en mi pelo. Dije: ‘No, me voy a quedar pelada’. Y me agarró una desesperación”, contó.

 

El tratamiento incluyó una sesión de quimioterapia cada 21 días durante seis meses. Posteriormente debió viajar a Buenos Aires para realizar radioterapia, ya que, según relató, no contaba con esa prestación en su lugar de residencia.

 

Permaneció dos meses en la capital del país y recibió 25 sesiones de radioterapia.

 

Fue un proceso prolongado que exigió reorganizar su vida y encontrar fuerzas para afrontar cada etapa.

 

Sin embargo, Cristina recuerda que pudo tolerar la quimioterapia sin algunos de los efectos adversos que más temía.

 

“Gracias a Dios no tuve descomposturas, no tuve vómitos, no tuve náuseas. Llevaba la medicación para las náuseas y no llegué a necesitarla”, explicó.

 

Lo que sí recuerda con dificultad fueron las reiteradas punciones para administrar el tratamiento.

 

“Hasta lo último me las pasaban por la mano, porque las venitas ya no querían saber más nada”, señaló.

 

“Salía del hospital y seguía con mi vida”

 

Durante aquellos meses, Cristina encontró una manera muy personal de enfrentar la enfermedad: intentar conservar su rutina y no permitir que el diagnóstico ocupara todos los espacios de su vida.

 

En ese momento, su madre tenía 90 años y ella procuraba no transmitirle la angustia que estaba atravesando.

 

“Yo no le podía dar el disgusto de decirle que me sentía mal, porque estaba pasando por una situación así”, recordó.

 

Algunas sesiones de quimioterapia comenzaban a las 8.30 de la mañana y terminaban cerca de las 15. Pasaba buena parte del día en el hospital, donde incluso desayunaba y almorzaba.

 

Pero al salir prefería caminar.

 

“Decía: ‘No, yo no me voy a ir en colectivo ni en remis’. Me iba caminando, tomaba aire y, cuando salía del hospital, ya me olvidaba. Era una vida normal que tenía que hacer”, relató.

 

Esa decisión de mantenerse activa formó parte de su experiencia personal, aunque cada paciente atraviesa los tratamientos de manera diferente y necesita respetar las indicaciones médicas y sus propias posibilidades físicas.

 

El acompañamiento de otras pacientes

 

La fortaleza de Cristina también estuvo vinculada con las personas que conoció durante el tratamiento.

 

En la sala de espera del hospital encontró a una compañera que atravesaba una situación similar y que se convirtió en una fuente de ánimo en un momento especialmente difícil.

 

“Me encontré con una compañera de quimio y fue la que me dio ánimo”, recordó.

 

El vínculo con otras pacientes y el acompañamiento del equipo de salud fueron parte importante de su experiencia. Compartir temores, escuchar a quienes atraviesan tratamientos semejantes y sentirse comprendida puede representar un apoyo significativo durante el proceso.

 

Después de la quimioterapia y la radioterapia, Cristina continuó con medicación hormonal durante varios años, como parte del tratamiento indicado para su enfermedad.

 

Contó que, por temor a una recaída, quiso prolongar su uso más allá de los cinco años iniciales. La duración de estos tratamientos depende de las características de cada tumor y debe ser evaluada por el equipo de oncología.

 

“Me parecía que si no la tomaba me iba a volver”, reconoció al recordar aquel temor.

 

Hoy, a los 71 años, habla de esa etapa con tranquilidad y agradecimiento.

 

“Estoy bien, por suerte estoy rebién ahora”, expresó.

 

Un mensaje que cobra especial importancia durante el Mes Rosa

 

La historia de Cristina se suma a las voces que, durante octubre, buscan generar conciencia sobre la importancia de prestar atención a los cambios en el cuerpo y realizar los controles de salud correspondientes.

 

Su experiencia recuerda que el cáncer de mama puede aparecer incluso en personas que acostumbran realizarse estudios y que, ante la presencia de un bulto, cambios en la mama o síntomas persistentes, es importante consultar con un profesional.

 

La detección temprana permite identificar muchos casos antes de que aparezcan síntomas y puede mejorar las posibilidades de tratamiento.

 

También deja una enseñanza sobre el acompañamiento: además de la atención médica, contar con personas que escuchen, comprendan y brinden apoyo puede ayudar a transitar una experiencia difícil.

 

Cristina atravesó la incertidumbre del diagnóstico, los meses de tratamiento y el miedo a que la enfermedad regresara. Hoy puede contar su historia desde otro lugar.

 

Y su testimonio, compartido durante el Mes Rosa, tiene un propósito que va más allá de recordar lo vivido: animar a otras mujeres a cuidarse, consultar a tiempo y saber que no tienen por qué atravesar solas la enfermedad.

 

(EN EL AUDIO LA ENTREVISTA COMPLETA)

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Aire Libre FM 96.3
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