“Vivíamos en una ciudad donde el río llegaba hasta Alberdi”: Los recuerdos de una familia pionera en el camino a los 105 años de Río Grande

En diálogo con Aire Libre FM, los hermanos Marcia y Ricardo Uribe, junto a Susana Soto, presidenta del Centro de Antiguos Pobladores, compartieron recuerdos de una infancia marcada por la cercanía del río, las calles de barro, la vida comunitaria y el esfuerzo de una familia pionera que ayudó a construir la historia de Río Grande.

A pocas semanas de que Río Grande celebre su 105° aniversario, las historias de quienes crecieron junto a la ciudad permiten reconstruir una época muy distinta a la actual. En esta oportunidad, los protagonistas fueron los hermanos Marcia y Ricardo Uribe, hijos de antiguos pobladores, quienes recordaron cómo era la vida en una ciudad pequeña, unida y profundamente vinculada a la naturaleza.

La familia vivía sobre la actual calle 11 de Julio, que en aquellos años era conocida como la continuación de El Cano.

“Cuando nos preguntaban dónde vivíamos, decíamos ‘El Cano sin número’, porque todavía no existía la numeración ni el nombre actual de la calle”, recordó Ricardo.

Uno de los cambios más impactantes respecto del Río Grande actual tiene que ver con el río. Según relataron, durante las grandes mareas el agua avanzaba mucho más hacia el casco urbano.

“Cuando éramos chicos, el agua llegaba prácticamente hasta Alberdi. Las viviendas estaban construidas sobre troncos para evitar las inundaciones”, contó Ricardo.

Una familia que llegó en los años 30

Los Uribe forman parte de una familia pionera de la ciudad. Sus abuelos llegaron desde Punta Arenas durante la década de 1930, en medio de una crisis económica que afectaba a toda la región.

El abuelo desarrolló una pequeña empresa dedicada al transporte y distribución de leña, mientras que su padre, conocido por todos como “Conono” Uribe, creció en Río Grande y cursó sus estudios en la Escuela N° 2 y posteriormente en la Misión Salesiana.

Según recordó Ricardo, su padre mantuvo durante toda su vida una estrecha relación con integrantes de los pueblos originarios.

“Estudió junto a chicos selk’nam en la misión y siempre conservó ese vínculo. Cuando trabajaba en Vialidad Nacional solía visitar a la India Lola y llevarle mercadería. Era una relación de mucho afecto y respeto”, relató.

Una infancia con libertad y calles de barro

Por su parte, Marcia Uribe evocó una infancia muy distinta a la actual, donde los niños podían recorrer solos la ciudad con total tranquilidad.

“Recuerdo ir caminando sola desde la calle 11 de Julio hasta María Auxiliadora. Había calles de barro, charcos de agua y mucha libertad. Uno llegaba a cualquier lado caminando y con total seguridad”, señaló.

Entre risas, confesó que era extremadamente prolija.

“Yo me ponía bolsitas de plástico en los zapatos para no embarrarme cuando caminaba”, recordó.

Marcia cursó sus estudios primarios en María Auxiliadora y guarda especialmente los recuerdos del jardín de infantes, una etapa que describe como una de las más felices de su vida.

El golpe de perder a su padre

La historia familiar cambió profundamente en 1977, cuando su padre falleció a los 45 años.

“Fue una situación muy movilizadora para toda la familia. Mi mamá tuvo que salir adelante trabajando y haciendo todo tipo de tareas para sostenernos”, contó.

La madre realizaba trabajos de limpieza, planchado y elaboración de comidas para vender, mientras criaba a sus cinco hijos.

Poco tiempo después, Marcia viajó a Río Gallegos para continuar sus estudios secundarios como alumna pupila en el colegio María Auxiliadora.

“Tenía apenas 12 años cuando me fui. Creo que también era una forma de alejarme un poco del dolor que había dejado la muerte de papá”, reflexionó.

Trabajo, esfuerzo y una comunidad unida

Al regresar a Río Grande, Marcia completó sus estudios secundarios y comenzó a trabajar en la industria electrónica, como muchos jóvenes de aquella época.

Los hermanos coinciden en que el Río Grande de entonces tenía una característica que hoy recuerdan con nostalgia: la cercanía entre los vecinos.

“Todos se conocían. Había una comunidad muy unida y solidaria. La ciudad era mucho más pequeña, pero también mucho más cercana”, señalaron.

A pocos días de los 105 años de Río Grande, sus recuerdos se transforman en un valioso testimonio de una ciudad que creció sobre el esfuerzo de generaciones de pioneros, pero que todavía conserva parte de aquella identidad forjada entre calles de barro, grandes mareas y vecinos que se conocían por nombre y apellido.

 

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