“Seño Pamela”: 26 años enseñando y una vida marcada por las aulas de Río Grande

En el marco del Día del Maestro, Claudia Pamela Andrade, conocida por generaciones de alumnos como “Seño Pamela”, habló con AIRE LIBRE FM y repasó una trayectoria de 26 años en la docencia, desarrollada íntegramente en Río Grande. Nacida en la ciudad e hija de antiguos pobladores, recordó sus primeros pasos en la Escuela Nº 2, sus dos décadas en la Escuela Nº 10 y el momento en que descubrió que ya estaba enseñando a los hijos de quienes alguna vez habían sido sus propios alumnos.

Hay profesiones que terminan mezclándose con la propia historia de una ciudad. En el caso de Claudia Pamela Andrade, buena parte de sus recuerdos de Río Grande están atravesados por escuelas, aulas, patios y generaciones de chicos que fueron creciendo mientras ella construía su camino como docente.

“26 años de docencia, todos en Río Grande, y ahora hace 10 años que ya estoy jubilada”, resumió.

La elección de la profesión tuvo algo de necesidad, pero también de herencia familiar. Cuando terminó la secundaria, las posibilidades de estudiar fuera de la provincia eran limitadas para su familia y el Profesorado Don Bosco apareció como una de las alternativas disponibles.

“Después que salí del secundario no había muchas opciones. Mis padres eran trabajadores y no tenían mucho para mandarme a estudiar, así que la única opción era el Don Bosco”, recordó.

Pero también existía una historia docente que venía de antes.

“Por un lado era un poco de tradición porque mi tía era también docente (…) y después mi madrina, también docente de años acá, fue Erika Rogel. Así que ya traía un poco en los genes, en la sangre, la docencia”.

Mientras estudiaba trabajó como empleada de comercio en Casa Gabriela. Una vez recibida llegó el momento de elegir definitivamente.

“Tuve que optar. Así que decidí que una vez que me recibí empecé mi docencia en la Escuela 2, en primer grado, recién recibida. Hice una suplencia de maternidad a la tarde”.

Ese primer grado quedó entre sus mejores recuerdos.

“Muy linda experiencia porque los niños de primero son lo más, son muy dulces, muy tiernos”, contó.

Después llegaron otras escuelas. Pasó por la Nº 8, la Nº 7 y distintos grados, hasta conseguir la titularidad en la institución que terminaría convirtiéndose en una parte central de su vida profesional: la Escuela Nº 10.

En aquel momento, el establecimiento atravesaba una etapa particular de su historia y funcionaba desdoblado. Más adelante volvería a unificarse.

“Fue difícil, fue difícil porque costó mucho a los alumnos, a los niños y a los docentes, hasta que cuando entra el gobierno de Manfredotti decide que se vuelva a unificar. Así que tuvimos que volver de nuevo a ser la Escuela 10, lo que era antes”.

Allí permaneció durante dos décadas.

“Hoy lo pienso y digo: 20 años. Estuve en estas aulas, en este patio, en la cocina. Fue una experiencia hermosa, toda una parte de una vida, porque yo me iba a la mañana y regresaba a la tarde”, recordó.

Durante esos años no ocupó un único lugar dentro de la institución. Fue maestra de grado, auxiliar de secretaría, auxiliar de año y finalmente llegó al equipo directivo.

“En el último año tomo cargo directivo y me jubilo como vicedirectora de la escuela”, contó.

Quizás uno de los momentos que mejor dimensionó el paso del tiempo llegó cerca del final de su carrera, cuando descubrió que uno de los padres que asistía a una reunión había sido alumno suyo.

“Me sucedió en el último año de docencia. Tuve un alumno que después, hablando, citando a los papás en las reuniones o entrega de boletines, me encuentro que había sido mi alumno en la Escuela 27. Así que sí, hermosa experiencia, ya la segunda generación”.

Para Pamela, la escuela que encontró al comenzar su carrera y la actual son profundamente diferentes.

“Hoy los docentes que se reciben nuevos ya tienen otras infancias, ya tienen otros ímpetus, ya con otras miradas por la parte tecnológica y vienen con otros aires diferentes a los que nosotros veníamos formados en el Don Bosco de hace años”.

Ella misma tuvo que atravesar esa transformación.

“Antes no teníamos ni celular, no había computadora y fuimos adquiriendo esas nuevas tecnologías, las TIC que decíamos antes, a través de los años, perfeccionándonos, haciendo cursos”.

También observa cambios en la relación entre la escuela, los chicos y las familias.

“El niño de antes era más sumiso, la familia apoyaba más. En cambio ahora es como que cuesta por ahí que los padres participen, que colaboren. Antes era más familiar, digamos, la escuela. Era más integrada, se trabajaba en conjunto”, sostuvo.

Sin embargo, evita reducir esas diferencias a que una época haya sido necesariamente mejor que otra.

“La sociedad fue cambiando, la educación va cambiando y, bueno, todo proceso tiene un cambio”, reflexionó.

Cuando repasa a sus alumnos, no elige una generación determinada. Recuerda especialmente a aquellos niños que necesitaban un poco más.

“Uno recuerda algunos casos puntuales, por ahí el que charlaba mucho, el que conversaba, el que se distraía, y uno hacía hincapié en aquellos chicos que necesitaban más apoyo, que por ahí en casa lamentablemente no lo tenían. Entonces, bueno, a esos chicos había que apuntar”.

En un presente en el que la docencia atraviesa fuertes cuestionamientos y conflictos, Pamela mantiene una convicción que se sostuvo durante toda su carrera.

“La verdad que es lamentable porque la educación es el pilar. La casa es el hogar, el segundo hogar, donde los niños tienen que traer ciertos hábitos o conductas adquiridas que, bueno, en la escuela hoy hay que hacerlo”.

A diez años de haberse jubilado, sigue siendo “la Seño Pamela”. Una forma sencilla de nombrarla que resume, quizás mejor que cualquier cargo, las décadas que pasó enseñando y el vínculo que dejó con generaciones enteras de chicos de Río Grande.

 

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